Sintonizar las emociones

Llegamos a un hotel y sintonizamos nuestro celular con el wifi, la tablet con “Alexa” y el iwatch con el clima. La pregunta es: ¿cuándo sintonizamos nuestra persona con su interior? y ¿cómo sincronizamos nuestras emociones? De entrada, en dónde las tenemos escondidas y a qué lugar las mandamos aislarse o desaparecer. A los hombres no nos gusta mostrar muchas emociones pues  “es claro signo de debilidad y falta de autocontrol”, “es cosa de mujeres” decimos.

Las damas, por su parte, terminan odiándolas por jugarles malas pasadas y tras convertirse en enemigas de aquello que ya estaba planeado y controlado.

Pero las emociones ahí están… vivientes, presentes, demandantes. No paran de expresarse. Son testigos y embajadores de cada instante que vivimos, son muestras de todo lo ocurrido. El asco con sus caras, el miedo con la ansiedad, la alegría con su risa, la tristeza con su llanto y la ira con sus rabias impacientes. Ahí están las cinco gritándome que viven.

Al expresar las emociones solemos sentir por un lado vergüenza y por otro desahogo. Ellas nos exhiben y siempre da miedo quitarse la mascará y permitirle al miedo vivir y a la tristeza existir, a la alegría vibrar, a la ira romper, al asco apartar…

Acá viene la gran noticia: las emociones no son nuestras enemigas. Están ahí para traernos sabiduría, basta que nos conozcamos mejor, las sentemos a tomarse un café con nosotros y les preguntemos: ¿qué me vienes a decir?

La tristeza nos dirá que ha perdido algo, extraña personas o situaciones, anuncia un vacío profundo y viene a comunicarte la tragedia de la ausencia. La tristeza es buena en la medida que te hace conectar con tu más profunda intimidad, con tu dolor y tu historia. Atiéndela, escúchala y ofrécele tu ayuda: tristeza: ¿qué sucedió? ¿en qué te puedo ayudar? Dile.

Todos podemos tener un mal día: Los niños están insoportables, se descompuso la lavadora, no vino el plomero y hace 37 grados de temperatura con un tráfico de muerte. El enojo esta al asalto pero eso no es malo.

Esto te muestra que alguien invadió tu espacio vital, tu “happy place”, te señala los espacios que tú necesitas, los lugares donde  deseas descargar el estrés y las amenazas que acorralan.

Sin la ira y el enojo serás manipulable, una débil marioneta que no sabe poner limites ni tomar decisiones, una persona sin fronteras de acceso, sin policías aduaneros que detengan al agente extranjero y le impidan pasar si no es un bien para la persona. Son esos hombres y mujeres que se dejan atropellar por quien llega gritando, exigiendo y sembrando miedo.

Probablemente sea el miedo, la emoción que más pretendemos esconder. Deseamos taparla y asfixiarla. Da miedo tener miedo, pues somos tremendamente auto exigentes, demasiado duros con nosotros mismos, inflexibles con nuestros errores.

Por ello lo mejor es hacer las paces con el miedo y aceptar que existe. El miedo me enseña mis inseguridades y me da la oportunidad de trabajar en ellas, me permite evaluar los riesgos reales y frena mis imprudencias, arranques e impulsos. Nos alerta del peligro y nos hace calcular los posibles daños. La pregunta clave por hacerle al miedo es: ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿en serio sería tan grave?

La emoción del disgusto o del asco nos coloca, aparentemente, por encima del otro. Me hace ver la insatisfacción y el disgusto que me provoca el otro, pero en realidad esto es una paradoja. En realidad hay algo escondido en el otro que me molesta de mí. Tu disgusto pues, revela lo que no te gusta de esa persona con la que vas a convivir por el resto de la vida: tú mismo.

Finalmente la alegría del gol, del baile, de las vacaciones y de las quincenas. Todo es manifestación de satisfacción y de plenitud, pero es también la más engañosa de las emociones. No hay que confundirla con adrenalina ni con mera intensidad hormonal. No es solo un sentimiento pasajero es un modo de ser.

La alegría profunda viene cuando conecto con el significado profundo de mi vida y estoy realizando ese, mi propósito personal, en la tierra.

Sintonizar con las emociones es por tanto la oportunidad ineludible de generar un trascendental cambio: el de adquirir la sabiduría de esas maestras que no merecen ser silenciadas sino escuchadas.

Dejemos que las emociones nos comuniquen quiénes somos, cómo somos y porqué somos así: personas enteras que saben sincronizar sus emociones mucho mejor de lo que conectan sus dispositivos electrónicos.

Carlos Padilla

Life Coach

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Salud

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